5 enero, 2022

Mi crush tiene un crush (que no soy yo) y seguirá siendo mi crush

By elmillennialtimes@gmail.com

Acabo de tener una videollamada con el hombre que me gusta. Está entusado por la chica que le gusta. ¿Qué? Sí, eso acaba de pasar. Suena a que el asunto es un enredo. En realidad no suena: lo es. Algo que me enseñó la soltería en este último año es que la posibilidad de que te digan “no” siempre está sobre la mesa. Hace cinco años eso no sucedía, pero ahora… ahora me dicen “no” más a menudo. Y yo también lo digo. 

A menudo me creo gigante, invencible, así que un “no” es un shot de realidad increíble para mí. Está bien tener autoconfianza, pero querer ganarlas todas aumenta la posibilidad de sufrir más decepciones. Con el rechazo he aprendido a clasificar —por muy horrendo que parezca el término— a los hombres que me rodean. Los hay de dos tipos: los firmes, a quienes conozco desde hace un tiempo, tenemos vínculos fuertes, están para mí en la misma medida en que yo para ellos y nos une un tema en común: el buen sexo. Y luego están los pipís. 

Con los firmes he experimentado el amor de la forma más rara, pero a la vez auténtica. Rara porque lo que tradicionalmente conocemos por pareja es, primero, una relación conformada por dos personas. Segundo, involucra presencia y exhibición. Tercero,  la monogamia es la regla y se practica sin ninguna letra pequeña. Con ellos me desahogo durante mis crisis existenciales, les confieso mis alegrías y deseos. Y lo mejor: lo último que espero de ellos es aprobación. 

Son los firmes porque me conocen en todas mis tonalidades, desde la más brillante hasta la más oscura. Me impulsan, me inspiran y me hacen ver cuando estoy a punto de cagarla o cuando ya es muy tarde. El hombre de la videollamada es uno de ellos. Lo traje a mi vida y no quiero que se vaya, aún estando entusado por otra mujer. Esto no tiene sentido, ¿o sí? 

Este firme me brinda algo que no es negociable: presencia. La gente está o no está. Aunque los dos seamos de signos de fuego, somos muy distintos. Eso es precisamente lo que más me gusta: siempre espero lo opuesto. Lo que para mí es lo más cool del universo, él lo deconstruye; lo que para mí es un random fact o un meme, él se explaya y cuenta una historia; lo que para mí es normal, él me invita a dudarlo. Cuando sucede que coincidimos digo “Oh wow”. Cuando me dice “excelente”, respiro profundo (esto último equivale a un beso apasionado al final de una película de los 50s). Cuando me dice “te quiero”, le respondo “yo también”.  

Ahora, ¿por qué quedarte con una persona que claramente está enloquecida por otra? Simple: porque la quieres. Y podrán pensar que es apego tóxico pero, para mí, agachar la cabeza, respirar y estar ahí cuando alguien te necesita es amor más allá del amor. Pude haberme muerto de la ira al enterarme de su historia, pero no. A veces, cuando nos gusta alguien, creemos que el fin último es poseerlos, hacerlos nuestros hasta que nos aburran y nos estorben. A mí me gusta pensar que este no es el fin, que hay otras formas de generar conexiones duraderas, y estar allí cuando te necesitan es una de ellas. 

Cuando he deseado tener a alguien es cuando peor me ha ido. Hace poco, antes de un viaje y luego de varios ofrecimientos, me quedé en la casa de un pipí (en ese momento no sabía que iba ser un pipí). Era un viaje rápido, pero con un vuelo madrugador, como su casa estaba muy cerca al aeropuerto, coordinar mi estancia fue fácil. Llegué, nos vimos, me quedé, viajé y estando por fuera me escribió en la madrugada: “Bb, voy a irme de viaje a escalar una montaña, ¿tienes en dónde quedarte y regresas luego?”. Me puse iracunda, pero respondí muy fina: “Claro baby, no hay lío. Sólo dime cómo recojo mi maleta”. “Yo la dejo en portería”, respondió.

En ese momento no lo vi tan grave. Mientras me dirigía en taxi hacia su casa para buscar mi maleta lo sentí todo. “A partir de hoy no quiero estar con nadie que me considere desechable”, concluí. Esto se lee muy bichota style y todo lo que quieran, pero duele. Eso sí: es necesario porque esos “no” te entrenan para futuros “sí”. 

Por historias como esta es que valoro la presencia incluso desde la distancia. Ninguno de los firmes vive en la misma ciudad que yo. Tampoco les veo muy a menudo, pero están presentes. Prefiero eso que estar con alguien que no quiera estar conmigo. Los firmes están, a su modo pero están, y lo más seguro es que ninguno sea mi pareja a futuro. De hecho, creo que no he tenido pareja por el terror que me produce la idea de dejarlos, pero sé que cuando la tenga será alguien que esté al nivel de ellos, o incluso por encima. En mi mundo ideal los presentaría y serían amigos. Pero en esta vida no se puede tener todo, ¿o será que sí? *risa malvada* 

A mi firme sólo espero que el tiempo, como a muchxs nos ha pasado en algún momento, se vuelva su mejor amigo y le ayude a sanar. Una vez lo haya logrado, seguro será él quien me escuche desahogarme por algún amorío que no pudo ser. Y así sucesivamente, hasta que el wifi nos separe. 

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