5 febrero, 2022

La tóxica soy yo

By elmillennialtimes@gmail.com

Sí, soy yo. Soy la tóxica de mi nuevo trabajo. Hace más de un par de meses inicié un nuevo empleo y aunque ha sido un tiempo corto, es suficiente para darme cuenta de las mañas buenas y no tan buenas que se adquieren en trabajos anteriores. Mañas que cuando estás en un ambiente sano te empiezan a pasar factura. 

En una reunión de rutina, mi actual jefe (otro millennial) me hizo una recomendación: Angie, trabaja en tu confianza. Lo siento, le respondí, no soy yo, son mis traumas del pasado. En ese momento lo dije a modo de broma, pero después Oh no Oh no, en realidad sí se trata de mis traumas del pasado, de la cultura que aprendí y heredé luego de trabajar tres años con la misma persona. También se trata de ganar autonomía y enfocarme en hacer bien mi trabajo. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Las relaciones profesionales son muy parecidas a las personales. Imagínate estar tres años con una pareja y su plan favorito era cenar sushi todos los jueves. Terminan. Tienes una nueva pareja que ama la pasta y no puede salir los jueves, sino los viernes, pero tú sigues insistiendo que el sushi es más rico que la pasta y que salir los jueves es mejor que los viernes porque hay menos tráfico.

¿Ya me entienden mejor, cierto? 

Ahora, la pregunta es: si ya soy consciente de mi toxicidad, ¿qué hago con ella? El primer paso fue identificar el origen del trauma. El segundo, hacer una lista de los comportamientos que adquirí. Y el tercero, el break up o ruptura. Digo ruptura porque en esencia es así, pero todo fin tiene un inicio y un nudo. Ahora mismo estoy iniciando una historia diferente, aunque nada de esto habría pasado sin hacerme cargo de la historia anterior. Por eso quiero compartir mi trauma con ustedes queridxs lectores con WiFi. Una historia que si bien estuvo llena de ingredientes tóxicos, el aprendizaje y el coraje también estaban en la receta. Sin más intro, empecemos.

El inicio 

Estaba buscando empleo y conseguí uno de community manager en una empresa privada fundada y liderada por una mujer. Ella es de esas personas que amas u odias. La conocía de nombre porque es una figura muy popular. El trabajo era retador, abundante, demandante. A mí eso me estimulaba y a mi jefa también. Rápidamente hicimos clic. Me incluía en muchos proyectos, me llevaba con ella a eventos, todas mis ideas eran aprobadas, me enseñaba, me daba consejos, parecía preocuparse por mí igual que por todos mis compañeros. De hecho, a sus empleadxs los llamaba por “hijas” e “hijos”. No le ví nada raro. El inicio fue todo amor y brillitos como cualquier relación. 

El nudo 

Nunca había sido community manager antes, estaba aprendiendo todo de cero, así que el trabajo estaba lleno de novedades. A veces demasiadas, pero mejor eso que estar en un lugar aburrido y monótono. Con el tiempo empecé a notar cosas. Por ejemplo, un día normal trabajando en la oficina (era 2019) podría ser interrumpido por una llamada de mi jefa pidiéndome llamar a una ferretería y consultar el precio de una piedra. Casual. Los comentarios siempre fueron un tema. Otro día en una reunión propuso al equipo no usar el celular por una hora. Yo estaba a cargo de varias cuentas y pregunté: ¿Y si un cliente llama o escribe? Ella respondió: mira Angie, tú no eres más importante que yo, así que si yo puedo dejar el celular una hora al día, tú también. 

Luego de episodios como este, para mí era cada vez más común tener conversaciones con mis amigxs y empezar diciendo: adivina lo que hizo mi jefa hoy. Pero no eran sus ocurrencias lo que llamaba mi atención (los jefes son personas con sus peculiaridades), sino la forma suya de ejercer un liderazgo tan maternal. Voy a explicar esto con otro ejemplo. Estoy llegando a la oficina y veo que ella se aproxima a lo lejos, parquea y empieza a sacar varias bolsas del carro. Yo sigo, entro, me instalo. Una vez ya sentada en mi escritorio, tocan la puerta, era ella y me hace seña para salir. Salgo y me dice: yo decidí adoptarte y tú no eres capaz de ayudarme, me viste bajando las cosas del carro y seguiste derecho… 

Luego de su regaño me disculpé, pero la verdad no entendí nada. Sí, pude haberla ayudado o de pronto estaba en día antisocial, pero ¿adoptarme? Estaba tan confundida que llamé a mi mamá para contarle lo que había pasado. Le dije: no entiendo por qué hace eso. Si ya tengo mamá, ¿por qué me trata como si no tuviera una?

Eventos como este siguieron repitiéndose junto a más tareas urgentes e importantes de última hora, instrucciones confusas y correos electrónicos los fines de semana. Abrir su chat o escuchar una nota de voz ya requería de un esfuerzo adicional porque no sabía con qué me iba  a encontrar. Entendí que mi trabajo, era más que ser CM: debía pensar como ella, hacer mi trabajo como le gustaba a ella, actuar como ella lo haría. No se trataba de ocupar un rol en una organización según mis capacidades y unos objetivos empresariales: mi función era trabajar para ella. 

Luego de 8 meses decidí renunciar. Ella aceptó y acordamos mantener un proyecto prioritario con un pago según entregas. 

The Break Up 

Seguimos trabajando intermitentemente por un tiempo. A veces yo la buscaba, otras veces ella me incluía en nuevos proyectos o me recomendaba para otros. Yo nunca decía que no. ¿Cómo hacerlo? Con el desempleo por las nubes, ¿quién se da el lujo de rechazar una oportunidad laboral? Además, qué dicha que alguien piense en ti siempre, ¿no? Es todo un privilegio, me decía a mí misma. 

Sin embargo, el ciclo se repetía. Tenía claro en qué me estaba metiendo, pero aceptaba ese patrón por dos cosas: un agradecimiento hacia alguien que ha sido tan buena conmigo, y falta de foco. Esto último fue el detonante para mi segunda renuncia en 2021. Entendí la importancia de un propósito en mi vida, y de alinear el trabajo a ese propósito. Trabajar donde quiero, no donde toca.

En el último proyecto (con el salario más alto que he tenido) hubo un incidente que abrió la puerta a mi salida definitiva. Es normal que haya roces de egos entre colegas, pero hay límites. Un texto escrito por Fulana debía ser enviado a un cliente. Mi jefa lo revisa y escribe otra versión. Angie, me dice, mejor manda este. Cinco minutos más tarde me llama Fulana contrariada porque adjunté el documento incorrecto. Después es mi jefa la que llama. Sabe que Fulana a estas alturas está muy molesta, así que me dice: Angie, no pares bolas, di que te equivocaste.

Así que di que tú te equivocaste *gritico interno* ¿Por qué debo asumir la culpa por algo que no hice? ¿Por qué asumir las consecuencias de dos adultas que no pueden tener una conversación entre colegas? Para ella fue la solución más fácil. Para mí era increíble lo que estaba escuchando.

Pasé mi carta de renuncia con la excusa de un nuevo trabajo que no podía rechazar (no había ningún trabajo). El proceso fue más fácil de lo que pensé: ahí me di cuenta que pesa más el drama auto fabricado que la acción en sí. Lo que sí fue difícil fue la conversación con ella. Frente a frente. La ruptura. 

Te voy a apoyar siempre aunque no esté de acuerdo con todas tus decisiones, me dijo. Debí explicar por qué mi decisión no era un berrinche. Que estaba agradecida por todo pero quería empezar a elegir por mí misma. En conclusión, gracias, pero si me estrello o si logro victorias es porque así lo decidí YO. 

Nuevo capítulo

Luego de esta conversación, sentí que un peso que traía por mucho tiempo desapareció. Fue increíble darme cuenta de lo mucho que puede absorber tu energía un trabajo o una persona. Sobre todo cuando hay afecto de por medio. En el momento es difícil reconocer un comportamiento dañino porque es “normal” o el cariño te nubla el juicio. Pero una vez lo logras identificar, el siguiente paso es soltar. 

Unos pocos meses después ya tenía trabajo. Un empleo con una filosofía enfocada en los resultados, con instrucciones claras y alineado a mi proyecto profesional. Al principio parecía muy bueno para ser verdad, pero lo es. Sin embargo, redactar documentos y no recibir ajustes, es raro. Trabajar sin constante vigilancia, más raro. Realizar tareas y asegurarme que cada paso esté bien, no es necesario. Aún estando en el paraíso, me encuentro esperando que la tormenta suceda en cualquier momento porque es lo familiar. 

Ahora, mi tarea es encontrar un restaurante de pastas para salir con mi nueva pareja los viernes. Tomar lo bueno del pasado, embrace el presente y adquirir las habilidades que podrán servirme en el futuro. Pero sobre todo tener claro que, pasarla bien o mal o menos peor en el trabajo, depende de mí y nadie más. 

En la última conversación con mi ex-jefa le pregunto cómo le está yendo en el proyecto (el mismo al que renuncié), pregunta a la que ella responde con una carcajada seguida de ¡ay, Angie!, qué maldadosa eres. 

Es la hora y sigo sin entender. 

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