Costeñita sin mucho core: el problema de la marca Aria Vega
By Angie Quiroz CastellarExisten dos tipos de personas: las que les gusta Aria Vega y las que no. Yo soy de las segundas: no soy fan de su música, de su vibra, de su lenguaje tiktokero y sus letras que arjonizan la jerga barranquillera. Aun así, puedo soportarla, pero lo que definitivamente no puedo tolerar es su marca.
El costeñita core, concepto bandera de Vega que nació en TikTok, creó un universo de marca con el que muchos resuenan o discrepan. De nuevo, soy de las segundas. Pero, ¿qué es lo que está mal? ¿Acaso en la costa Caribe la gente no usa chanclas, minifaldas o blush en cantidades industriales? Sí. Eso pasa en la costa pero NO en toda la costa. Y es justo aquí donde está el problema: en la geografía.
El core de Vega condensa la grandeza del Caribe y lo reduce a unas cuantas cuadras de la Barranquilla estrato seis. Un perímetro habitado por pahs y mahs* que no pronuncian Barranquilla con doble ele, sino con una i extendida, que dicen “makia”, “cule poco” y “Quillami”, los que “meten monkeys” bailando arrebatao en La Troja pero al final de la noche vuelven a sus mansiones. Los que una vez al año bajan a Ago Salsa. Los que contratan profesores de baile para aprender a bailar champeta y no conocen Barranquilla de la 72 pa’ abajo.**
*Pahs y Mahs: dícese de aquellas personas de clase alta que hablan acentuando la letra s y la t. Dicen frases como “Ajá, bro”, “Joda, loco”, “Flaca, ¿Tu y yo qué?”, viven en mansiones o edificios con puerta directa en el elevador y es muy común que pertenezcan en algún grado a la pseudo aristocracia de la ciudad.
**En Barranquilla existe un dicho popular que de la calle 72 hacia abajo todo es sur.
Ahora, te la tiro plena:este problema tiene una responsabilidad compartida. Por un lado, está Aria con su marca; y por el otro, los medios de comunicación.
Del centralismo y otros demonios
La representación del Caribe en los medios masivos siempre ha sido problemática. Por un lado, obras como las de Gabriel García Márquez, Nereo López, Cecilia Porras, Enrique Grau, Marvel Moreno, Delia Zapata Olivella y hasta Alejandro Obregón son una carta de amor al Caribe y todas sus singularidades; por el otro, el cine, la televisión y ahora, el streaming y las redes sociales han creado un imaginario del ser caribeño que ha perdurado a lo largo del tiempo y que se repite una y otra vez: el dialecto exagerado, el eche nojodaa en la misma frase, la camisa hawaiana, la parranda, la flojera, en fin, la corronchera.
Este fenómeno tiene una explicación: el cachaco gaze. En español, la mirada cachaca. Si el término es nuevo para usted, solo tiene que aprender que en la costa toda persona que no sea costeña es cachaca. La cuestión es que esto, además de ser una de las múltiples formas en las que se expresa el regionalismo en nuestro país, es consecuencia de otro ismo: el centralismo.
Esa mirada centralista aplicada a los medios de comunicación añade una capa de complejidad al asunto, pues convierte la distancia geográfica en distancia editorial. Como resultado, el ejercicio periodístico que debería abordarse con profundidad, criterio y responsabilidad por cada palabra escrita o dicha queda sesgado por la ignorancia, la repetición y, en el peor de los casos, los intereses de la industria disfrazados de contenido orgánico.
Ha nacido una estrella ¿De verdad?
Vega ha logrado en tiempo récord lo que a cualquier artista le habría tomado años en la era preinternet. Sin embargo, esa “fórmula matemáticamente perfecta” de la que hablan las reseñas en Instagram no es nueva. Su estrategia digital tampoco. Rosalía en su era Motomami ya lanzaba clips adelantando canciones, creaba trends como el de Bizcochito y recreaba las coreografías de sus temas con bailarines. Feid era el que escribía para otros y participaba en featurings hasta que creó su personaje, se casó con el verde y construyó su universo Mor. Bad Gyal creó su reino Y2K. Karol G marcó la era Bichota y Mañana será bonito con el color de cabello. Y en tiempos a.T. (antes de TikTok), Madonna promocionaba sencillos en entregas de premios y comerciales de televisión.
Como periodista puedo admirar la evolución de Aria Vega, pero como mujer caribeña me cuesta aplaudirla porque no me representa. No hablo como ella, no me visto como ella, no bailo como ella, no me veo como ella y tampoco quiero parecerme. En el podcast Táchalo, conversando sobre el origen de su universo, Vega mencionó que “no hay un deber ser de cómo se viste la mujer costeña”. Luego añadió que el costeñita core, más que un tema de moda, pasó a ser una forma de enaltecer la costa y resaltar sus cosas positivas. Un discurso con el que estarán de acuerdo el millón de seguidores que tiene en Instagram, el otro millón de TikTok y sus oyentes en plataformas de streaming; pero que las más escépticas cuestionamos.
Ahora ¿he sentido culpa por criticar a otra mujer costeña a la que le está yendo bien? Claro que sí. Tanta como la que sentí mientras escribía este artículo. Sin embargo, pueden más mis ganas de defender el lugar de donde vengo y que dejemos de ser los bufones del castillo.
Los costeños, las costeñas y les costeñes ya padecíamos el estereotipo, pero como si no fueran suficientes los chistes malos, las imitaciones despectivas y las dos temporadas de Medusa, Aria Vega llegó a reforzarlo, y de paso creó uno nuevo. Por fortuna, gente haciendo música es lo que hay: Shonny, Keke Minowa, Lali de la Hoz, Lalywood, Zaider, Hamilton, Jader Tremendo, Luister La Voz, Héctor Nazza, Martina La Peligrosa, Cumbia Queen, Gaiteros de Pueblo Santo y oldies como León Bruno o Los de Adentro son artistas que han —y están— configurando la sonoridad caribeña desde el afrobeats hasta el rock, pasando por la champeta y el folclor.
Aria Vega está en la cresta de la ola y la ha sabido surfear. Podrá figurar como una nueva artista, pero lleva más de una década dándole a la música. Sin embargo, con todo este alboroto, no puedo evitar preguntarme: ¿se casará de por vida con su propuesta de turno o madurará con el tiempo? No lo sé, pero por lo pronto estoy abierta a seguirla escuchando y pasar de hater a fan, solo que I’m not there yet.
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